Aquí estoy para vivir
mientras el alma me suene,
y aquí estoy para morir,
cuando la hora me llegue,
en los veneros del pueblo
desde ahora y desde siempre.
Varios tragos es la vida
y un solo trago es la muerte. (Miguel Hernández)
La mañana es fría; el despunte del sol apenas relumbra en los charcos helados, en el campo aún rebosante de rocío, y por eso llevo la ventanilla del coche bajada, para ser testigo privilegiado del combate entre los aún temerosos rayos en el comienzo de la primavera y el áspero e incisivo viento. Circulo despacio, tamborileando sobre la puerta del coche, con el brazo a medio sacar, un poco distraído por el serpentear de una carretera infinita devorada por una llanura verde insaciable. Hace tiempo que el último pueblo quedó atrás, una somera muestra de sobrios hogares, pálidos custodios del camino, entre los que destacaba apenas una tasca en la que también se sirve pan y la prensa del día, y en la que almorcé con un vino de la comarca, con cierto sabor a tierra, un poco débil y desvaído, aunque el mesero insistió en que era el mejor de la zona y que debía llevarme un par de botellas para saborearlo en casa junto a un queso (que también insistió en que probase) ciertamente superior a aquel. Me muero por parar, liarme un golden y aspirar a medias el humo y el aire del campo, pero aún conservo el regusto picante, el sabor a leche y hierba, y la combinación con el paisaje ha provocado un encantamiento que no deseo romper.
A ambos lados de la carretera empiezan a brotar caminos de tierra que susurran, al compás del viento sobre los cereales, promesas de una vida más sencilla, pero mi mapa tiene marcada una cruz a unos diez kilómetros de donde me encuentro, y no quiero retrasarme, no debo retrasarme. Una feliz coincidencia me ha traído de nuevo aquí; cuando vi aquella foto reconocí al instante el abrevadero, pude oír de nuevo el viento entre las hojas de "las tres chimeneas", el pequeño espacio enmarcado entre las viejas encinas a las que debía su nombre, me llegó el olor de las viandas preparadas al amanecer, incluso el trajinar de mi madre en la cocina mientras me arrebujaba un rato más, sólo un poco más, entre las sábanas... Imágenes de una infancia dichosa, perdida hace tiempo, y que había vuelto a mí al vuelo de un retrato impreso en un periódico de provincias, el día de mi trigésimo sexto cumpleaños, cuando al desenvolver uno de los regalos me quedé absorto en el papel que lo protegía, para asombro y cierto enojo del hasta entonces propietario del presente. Pero aquella fotografía estaba tomada en aquel lugar, y la persona que aparecía enmarcada en ella, apoyado en una rastrillo, con una amplia sonrisa y un particular sombrero de paja, era él, tenía que ser él, y la concurrencia en aquella estampa de la fecha, el lugar y el protagonista de la foto no podían ser sino las coordenadas hacia las que debía dirigir mis pasos.
Con aquel convencimiento me había subido al coche aquella mañana, aún madrugada, a decir verdad, no sin antes haberme asegurado del camino a seguir. Me resisto a los GPS, prefiero guiarme por mi sentido de la orientación, y una vez que estoy irremediablemente perdido preguntar a cualquier alma caritativa y entablar conversación. Pero esta vez es distinto. Quiero llegar sin nervios, sin depender de los caprichos del destino, y llegar pronto, porque desconozco sus costumbres pero lo imagino madrugador, de los que gustan de largos paseos remontando las suaves laderas y al cabo se recuestan a la sombra de un solitario roble a dejarse acunar por el paso del tiempo, contemplando con los ojos a medio abrir el navegar de las nubes que arrumban al horizonte. O trepando montañas con afán, haciendo breves pausas para respirar el aire fresco, contemplando las cabañas de los pastores, haciendo un mapa mental que le permita ubicarse con la caída del sol, buscando los valles para refrescarse en los arroyos, hablando con los lugareños y compartiendo su pan. O cargando haces de leña, sacos de grano, carretillas de manzanas, aperos de labranza, tejas y pizarra para los tejados, reparando aceñas, cercas de piedra, vigas de techumbre, desbrozando caminos y cortando ramajos, escardando los cereales, ayudando en la siembra y el acarreo.
Voy haciendo camino al compás de estos pensamientos, hasta que al llegar a una señalización de vía pecuaria tomo una desviación a la derecha de la carretera y, tras recorrer un centenar de metros levantando el polvo del camino y atravesar el cauce de un arroyo seco desemboco en la bifurcación que años atrás, y por puro azar, nos llevó por primera vez a las tres chimeneas. En aquella ocasión habíamos madrugado para pasar un día en el campo, y de camino al merendero mi padre me retó a que cogiera uno de los miles de girasoles que crecían a ambos lados de la carretera. Armado con una navaja me apeé del coche casi en marcha, corrí hasta el borde del camino y comencé a forcejear con un fibroso tallo. Al girarme hacia el coche con mi trofeo me topé de frente con el que debía ser dueño de las tierras, según deduje de sus insultos y actitud amenazante. Corrí alejándome de él lo más rápido que pude sosteniendo aún la cabeza del girasol en una mano y la navaja en la otra. Atravesé el arroyuelo por el que aún fluía un agua turbia y espesa por un tronco atravesado en su lecho y llegué al final del camino. Continuaba a mi derecha, pero descubrí un pequeño sendero que se perdía entre unas zarzas en la margen del arroyo. Pasé todo lo rápido que pude y corrí hasta que me aseguré de que ya no me seguía. Las sienes me latían con fuerza, y sólo escuchaba el rítmico batir dentro de mi pecho. Entonces miré a mi alrededor. El silencio y la penumbra me envolvían en el círculo mágico formado por las ramas de tres enormes encinas. Apenas distinguía el cielo por entre las hojas de los árboles, y el frescor de la hierba trepaba por mis piernas y llenaba el aire de un olor a serenidad, a paz. Me senté a descansar, y el tiempo se detuvo hasta que de entre las zarzas vi asomarse a mi hermano. Me sonrió con esa cara que ponen los hermanos mayores y que significa "te la has cargado", pero le mudó el semblante cuando llegó hasta mí y se sentó. Así nos encontraron nuestros padres, absortos en el silencio, en el ligero vaivén de las hojas, en el mero contemplar de los árboles, sentados en el centro del universo. A la vuelta sólo hubo risas, recordando cómo me había perseguido (apenas unos pasos) el anciano guardián de los girasoles, cómo me habían buscado mis padres sin éxito más de media hora, cómo cuando nos encontraron habían pensado que nos ocurría algo, de tan quietos que estábamos. Y una profunda paz, una sensación que nos duró hasta la mañana siguiente, cuando al ir desayunar vimos la cabeza del girasol sobre la encimera y volvimos a sonreír.
A partir de aquel día no pasó un fin de semana sin que fuéramos al menos un día a las tres chimeneas. Las más de las veces lo único que hacíamos era sentarnos en círculo y respirar el aire fresco. Comíamos prácticamente en silencio, y en las ocasiones que nos atrevíamos a romperlo hablábamos con el respeto a los templos sagrados, como si el hacerlo de otra forma pudiera romper el hechizo. Nunca le revelamos a nadie nuestro secreto, nadie supo nunca dónde pasábamos los sábados de aquel luminoso año. Después, llegaron las tormentas, y nunca más volvimos.
Con el coche detenido al final del camino, reparo en que las zarzas ya no cubren el sendero. Es ahora más ancho, y temo que aquel tesoro haya sido expoliado por la muchedumbre, aquel santuario profanado para el esparcimiento mundano, bajo del coche esperando encontrarme el sagrario arrasado por años de acampada, de hogueras en la noche, de cigarros apagados contra el suelo, y según camino hacia las encinas empieza a llegarme de nuevo el olor inconfundible de la paz, de la calma absoluta. El abrevadero está ahora seco, de su caño no mana agua y parece un testigo mudo de tiempos mejores, de cuando acudir a él era sinónimo de alegría y agradecimiento tras un fatigoso día de trabajo.
Y entonces le veo, está sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, de espaldas a mí. Es emocionante encontrarle en aquel lugar de mi infancia, increíble cómo el destino empezó a tejer su red en un campo de girasoles para traerme casi treinta años después hasta aquí, a mi refugio, mi cobijo espiritual, para encontrarme con él y tener la oportunidad de conversar, de compartir emociones, él que tantas noches ha llenado de alegrías, de sentimientos, de amor, de embriaguez, de lágrimas, de negrura. Conversar y hacerle llegar mi admiración, mi adoración, y también mis reproches por desaparecer de esa manera. Está desbastando un madero con una gubia, y a su lado veo algunas otras herramientas para trabajar la madera: varias escofinas, mazas, algún formón, un compás de madera y lo que parece un viejo diario, un libro con tapas de piel y cosido con cordel que reposa a los pies de la encina de más edad. Las hojas las sacude el viento y en ellas descubro pentagramas rebosantes de corcheas, anotaciones al margen, algún texto que por la forma parecen versos... Continúa con su labor aun cuando me acerco hasta casi sentir su esfuerzo volcado sobre la madera, su concentración. Se detiene a observar el avance de sus maniobras, recorre la madera con los dedos y acerca el oído esperando que le guíe en su lenta tarea, que le indique la forma exacta que debe tomar el cuerpo, el vano preciso del que nacerán las notas garabateadas en el libro. Me agacho, flexiono las piernas para acercarme aún más a él, y descubro que carece de olor, o mejor dicho, que a esa distancia del suelo el único olor que percibo es el aroma fresco de la hierba, de la tierra húmeda por el rocío de la mañana. Le toco levemente el hombro, y sin sobresaltarse se gira, mira por encima de su hombro y al verme me sonríe. Despacio, se incorpora dejando caer la madera y la gubia al suelo. El viento se ha detenido, y sólo oigo el sonido de mi respiración, los latidos de mi corazón en las sienes; mi mente sobrevuela el circulo formado por las encinas y me veo, y le veo a él, separados apenas por un muro de aire de un metro, inmóviles los dos, inertes las encinas y sus hojas, empozado el tiempo, hasta que una brinza de viento aletea ante mis ojos y me hace parpadear, y veo entre la nebulosa que empiezan a formar las lágrimas el hueco de su abrazo aproximándose a mí. Es extraño cómo funciona la memoria, cómo selecciona qué recuerdos viven en nosotros y cuáles van al cajón del olvido, dispuestos a brotar en una extraña primavera, con la forma caprichosa de una flor exótica en una enciclopedia antigua, en un cuadro impresionista, que reconoces como una flor por su forma, pero de la que desconoces su fragancia, y cuyos pétalos irisados te parecen la creación de la mente febril del ilustrador, de tan irreales. Ese mismo abrazo era hasta este momento el último recuerdo, mi último recuerdo de él, y ahora se cierra el círculo al tiempo que nuestros brazos ciñen el cuerpo del otro.
No sé cuánto tiempo transcurre, durante cuánto he dejado de sentir las piernas que me sostienen, el aliento que me seca la garganta, pero cuando vuelvo a abrir los ojos veo el sol en lo alto, estoy tumbado entre las encinas y él me mira desde más allá de sus ojos, con la misma sonrisa imberbe que cuando le conocí siendo un adolescente risueño e inquieto, y usa gafas como entonces, y sostiene una bandurria en uno de sus brazos, y le está hablando a alguien de música folk yugoslava mientras un perro inquieto me ladra, y yo le digo mientras me reincorporo que Yugoslavia ya no existe, que la destrozaron los mismos nazis que quisieron masacrar Europa medio siglo antes, y entonces me mira en silencio y veo que allí está de nuevo su barba, su pelo largo, la mirada limpia, su whistle en la misma mano con la que hace un instante prendía la bandurria, "un tin whistle, en realidad", me corrige como si estuviera en mis pensamientos. Algo aturdido me levanto, e intento aclarar mi mente, saber qué está ocurriendo. Me sonríe. Vuelvo a sentir la paz que me brindan sus ojos. Le pregunto "¿qué has hecho todos estos años?" y me responde, sin dejar de sonreír, "matar dragones, buscarlos en sus cuevas, hostigarlos hasta dejarles sin salida y abatirlos. ¿Qué si no?" y empieza a tocar su whistle, sus dedos ágiles no cejan en su empeño por cubrir y destapar los agujeros y la melodía mece las encinas. Una gran sombra cubre el cielo y le oigo decir, al tiempo que la música sigue llegando a mis oídos, "ven a la umbría".
Me habla desde la distancia, aunque casi percibo su aliento: "... Y la luz,. No sé cuánto hace que desapareció. Evoco la luz de los días de infancia como si hubiera llevado permanentemente un filtro, como si mis ojos no fueran sino cámaras de cine que registraran la intensidad de la luz y las sombras que proyectaban los edificios, el verde de los campos y el marrón rojizo de la tierra arada, el azul intenso de un día de primavera y el gris plomizo de las tormentas de verano. Así que el mundo hubiera cambiado, tal que el sol fuera otro. La conclusión no puede ser más evidente: soy yo el que soy otro. No sé a qué se debe mi ausencia de recuerdos. Muchos de ellos son reconstrucciones de lo que mi familia me contó, a veces un olor me desplaza en el tiempo a una escena familiar, a un rincón de la casa de mi infancia. Aun así conservo una memoria clara de los momentos importantes de mi vida, esos que dicen que te forman como persona, y desde hace tiempo sé que los recuerdos son lo que son, no pueden catalogarse en buenos y malos porque el tiempo matiza y cambia los sentimientos, y uno puede sorprenderse de cómo nos engañan la percepción y la memoria. Nunca me asustó la idea de hacerme mayor, mientras pudiera seguir haciéndome mayor. Me inquieta que a medida que pasa el tiempo me aproxime más a la duda que a la certeza, como si este viaje no fuera sino un camino desde la meta hasta el origen. He llenado mis alforjas de experiencias y conocimientos que me revelan lo poco que he vivido y lo poco que sé. La noche me ha atrapado en la inquietud de si lo importante no será el cómo y el por qué, y no el cuánto, el qué. El problema, la cuestión, la proposición realmente preocupante es hacia dónde dirigir los pasos, no hacer camino al andar, sino otear el horizonte y al mismo tiempo esquivar las piedras, los baches, los charcos, tener conciencia de dónde dejamos nuestras huellas y cuáles conviene recordar por si fuera necesario desandar lo andado. ¿Me sigues?".
Su pregunta da paso a un prolongado silencio. Quiero decirle que debemos salir de allí, que esa oscuridad no me gusta, que vuelva conmigo al encinar, que le llevaré de vuelta con los demás... Pero tengo la garganta seca, no puedo más que emitir gemidos sin sentido.
"Ignoro cuánto tiempo ha pasado, cuánto llevo aquí. Sé que he dejado atrás a mucha gente a la que no he vuelto a ver, pero no sé cómo salir del círculo de encinas. Estoy haciendo con su madera un rabel, pero no encuentro cuerda para el arco. ¿Tú has traído cuerda? Hubo una guerra en Yugoslavia, eso me lo has traído tú, es un recuerdo que no tenía, pero no has traído cuerda para mi rabel. Ya tengo el cordal, el arco, las clavijas y la silleta, tengo una guerra a la que tocar pero no tengo cuerda..."
Busco en mis bolsillos. Evidentemente allí tengo la cuerda que me pide, ahora creo que he hecho este viaje sólo para eso, extiendo el brazo y le ofrezco la cuerda, sé que sonríe aunque no le veo en medio de la oscuridad. Pasan unos minutos hasta que oigo las primeras notas monótonas salir de las tripas y la piel del rabel, acompañadas de un cantar femenino apenas susurrado "la nada de la que todo surge y a la que todo vuelve".
La hierba me ha marcado la cara cuando me reincorporo y miro a mi alrededor. Sólo encuentro el viejo diario, cuyas hojas agita el viento desparramando sus letras y las notas de las canciones, que trepan por las encinas y se escapan hacia los girasoles. Me abalanzo sobre él a tiempo de salvar las últimas hojas, y con cuidado entreveo las anotaciones de su mano de niño: "Si te viere to padre que yera tan buinu...". Hace calor, parece que las encinas no contuvieran el sol, pero las hojas ya no están, las ramas languidecen y el aliento del viento las pudre, aprieto el diario contra mi pecho para protegerlo de las llamas que me rodean, y oigo de nuevo su voz "seguiré persiguiendo a los dragones, no me esperes, aunque parezca perdido y sin calma no me asusta esta oscura fosa, la umbría es mi hogar, aquí donde habitan las horas muertas, el silencio y el olvido viviré, no tengas prisa porque yo seguiré siendo el mismo, no yerres tu camino y mira siempre al norte, entre los valles, hacia el mar, donde la umbría te cobije". El silencio da paso al rítmico compás de mi respiración, algo agitada. Ha vuelto la oscuridad, pero ahora sé dónde estoy. En el abismo infinito de la noche las lágrimas riegan los recuerdos y hacen surcos en mi esperanza; al menos, pienso, esta noche le pude abrazar.